15.4.10

El absurdo de un día como ayer: recibo un mensaje en una botella, un mensaje equivocado, que supongo que tendría algún otro destinatario. Sin pudor lo leo, sin remordimientos lo escucho.
Y me lleva a pensar en la estupidez. La estupidez del empeño, de lo absurdo, incluso de lo repulsivo.
Pienso en palabras gastadas, manidas, en corazones vacíos. En cómo las situaciones se repiten, los verbos se repiten.
Pienso en el absurdo de la esperanza, en el ridículo de las pretensiones de segundas, terceras, cuartas oportunidades.

Uno puede ser estúpido, o bajar la guardia; pero antes o después eso termina teniendo cura. Yo soy implacable. No tengo piedad.

Estoy en guerra.

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