5.8.05

No te creas que es tan fácil estar vivo. Uno se cree que estar vivo sólo consiste en levantarse por la mañana y respirar; abres los ojos, bostezas, y continúas respirando como si nada. Bueno, qué quieres que te diga, eso es capaz de hacerlo cualquiera que no la haya palmado.
Estar vivo es algo mucho mas complicado. No vayas a preguntarme exactamente qué. Podría decirte mil cosas que demuestran que uno no está vivo, o por lo menos, que bajo mi punto de vista son claros indicios de que uno no está vivo.
No te lo digo por decir, se de lo que te estoy hablando. Calculo la hora de mi muerte sobre las 23. 45 p.m. de un Jueves hace exactamente hoy un mes. Tardé en darme cuenta unos días. Supongo que sabes a lo que me refiero. De principio no me percaté, uno no va muriéndose todos los días, así que ni por asomo se me ocurrió que pudiera pasarme. Estuve caminando por la calle, incluso tomé varios autobuses. Nadie me miró de manera extraña, aunque es verdad que en la mayoría de las ciudades, la mayoría de la gente no te mira; a veces he llegado a pensar si en realidad seremos todos transparentes bajo la luz del sol. El caso es que yo continué con mi “vida” como si tal cosa. Es verdad que sentía un dolor agudo en las muñecas, como alfileres, y a ratos parecía que el aire se espesara, pero no quise darle mayor importancia.
Durante días me duché, comí, leí, vi televisión, me vestí, me desvestí y todas y cada una de las cosas triviales e insignificantes que hace uno todos los días de su vida. Hasta que llegué a mi casa de vuelta de un pequeño viaje. Fue al cerrar la puerta cuando sentí que algo no funcionaba. El dolor en las muñecas se hizo más agudo, y no podía llorar. Yo, que toda mi vida he tenido una fascinante facilidad para expulsar demonios ahogados en agua salada, no podía fabricar ni una lágrima, nada, ni una gotita ínfima, seca por completo. Luego llegó el estrechamiento de paredes; la casa me oprimía, me apretaba igual que una prensa para papel, apenas si podía moverme, apresada, oprimida. Finalmente todo se convirtió en un completo desbarajuste, ni una sola de las piezas encajaba. No me sentía capaz de ningún acto cotidiano, y cada pequeña cosa se convertía en un esfuerzo titánico, todo me asustaba, todo me angustiaba. Sin poder dormir, sin poder comer, pensar, lavarme el pelo, o tirarme por la terraza. Daba igual, lo peor o lo mejor, lo mas fácil o lo mas complejo, lo mas divertido o lo mas aburrido. Todo era complicado y agobiante.
Fue entonces cuando me di cuenta de que debía haberme muerto.
Traté de decir algo en alto para demostrarme que aun estaba viva, como cuando te pellizcas para comprobar que no estás soñando, pero al abrir la boca no salió ni un sonido, las palabras me entraban en dirección al pecho justo desde el nacimiento del paladar. Nada. Todo estaba en silencio.
Así que estoy muerta. Algunos días, es verdad, tengo mas ganas de dejar de estarlo, y lo intento, me esfuerzo. Quizás algún día resucite. Uno no sabe las vueltas que pueda dar la vida. Yo de momento, casi todo el rato lo paso disimulando, y funciona, por aquí nadie se ha dado cuenta. Pero qué quieres, tanta mentira me está matando. Supongo que por eso ahora te cuento todo esto.

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