8.8.05

No es bonito estar destruido. Caer, si lo haces deprisa y con los ojos tapados, no da miedo; lo malo es cuando intentas mirar al cielo y desde tu agujero no se ve nada.
Estar destruido es como caminar dormido, como si te alimentaras de anestesia. Es tal el dolor, que ya nada te duele, no sientes frio ni calor, es como vivir congelado; es lo mismo una sonrisa que un puñetazo, y no recuerdas cuándo es hora de irse a dormir o cuando hay que estar despierta. Algunas veces puedes, transitoriamente, remediarlo. Algunas veces es dulce este abandono. Dicen que no, pero a mi me parece que si.
Hay pastillas mágicas, que me hacen dormir y me quitan las ganas de respirar, de buscarte contra viento y marea. Hay pastillas; las conozco, son las pastillas de la cobardía, como una goma de borrar el alma, un estado sintético de amnesia temporal.
A veces son mis amigas, sobre todo en esas noches en que no puedo llegar a ti de ningún modo, y sé que tu no estarás pensando en mi, y que no soy una opción. Entonces escribo en mi pizarra y borro. Durante unas horas, sueño que nada es verdad, que tu no te has ido, que el nombre que quieres pronunciar es el mío.
Hay pastillas de la mentira, como helados de chocolate en esos días de corazón débil. Puedes despreciarme si quieres por eso, pero por favor, nunca, nunca me tengas compasión. Eso si que no podría soportarlo.

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