2.8.05

Conocí a V. una mañana de principios de verano. Le conocí a propósito, porque me moría de la curiosidad. Bueno, por eso y por algunas cosas mas.
V. era como una especie de ángel escurridizo. Había veces que mirabas y ahí estaba, sonriendo, con mil quinientas ideas rondándole la cabeza, y con ese par de alas negras suyo desplegado, listo para salir volando a cualquier otro lugar. Otras veces, cuando querías darte cuenta se había esfumado sin dejar rastro. Era desconcertante, misterioso, y también muy sencillo; un niño perfecto, con todas esas simples cosas tan complicadas que hacen de los niños esos seres tan especiales, peligrosos, frágiles y efímeros.
Un día V. comenzó a resquebrajarse, o tal vez ya estaba así, pero nunca antes me había mostrado ni una herida, y a mi me dieron ganas de comenzar a lamer donde a el le doliera, igual que hacen los perros para curar sus heridas. Cada ver que a V. se le caía algo, yo trataba de sostenerlo, de guardarlo por si algún día le hacia falta. Y así, poquito a poco, comenzamos a trenzar una cuerdecita que nos mantenía sutilmente unidos. Después llegaron las ganas de tirar de los cabos y aproximar posiciones. A mi no me valía con los pedacitos sueltos de V., quería contener todo entre mis brazos, como unas extrañas ansias de hacer de escudo humano entre el mundo y V. . y a el le entraron unas irrefrenables ansias de correr justo en la dirección en la que yo estaba, y de pararse justo delante de mí.
Así fue como fuimos construyendo un puente de papel para que él pudiera cruzarlo. Y una mañana de verano conocí a V.; le conocí como si le hubiese conocido desde siempre, de un modo familiar, como si llegase a casa después de un viaje. Conocí a V. con alevosía, con ganas y sin miedo.

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