31.5.05

Con las cartas sobre la mesa, ya sin ningún As que valga en la manga, algo se ha roto; algo irremediablemente, definitivamente, se ha roto.
Y yo estoy cansada.
No hay “plan B”; tendré que inventarlo, o inventar una huida, de nuevo hacia dentro.
No siempre sirven las puertas. Lo descubrí cuando salí de mí. Yo tenía siete puertas, pero en cada una de ellas había alguien que ya no me miraba, y el camino era todo hojas secas.
Afuera nadie me está esperando.

23.5.05

Algunas veces no lo puedo evitar y vuelvo a salir a la calle con mi cadáver a cuestas, disimulando, para que no se note, como el cordero que consiguió por fin la piel del lobo.
Algunas veces las cajas con sorpresa llegan vacías, y los aviones se quedan suspendidos en el aire, como no queriendo llegar a su destino.
Algunas veces te miro y no puedo verte, y trato de sumar todas las restas con la esperanza de que, como en clase de matemáticas, negativo mas negativo den positivo.
Quisiera poder preguntar, o mejor aún, quisiera no tener ninguna interrogación pintada en las paredes, y no pensar en el número tres, que es un número feo.
Nunca quise ser como otra, pero cuánto deseé ser otra. No es que ser otra sea mejor que ser yo, o incluso mejor que no ser nada; pero al menos ella está viva, yo no lo sé.
Con esto no es que quiera decir nada, ni siquiera es que quiera decirte nada. Es tan solo que desde la ventana las farolas parecen jugadores de baloncesto muy tristes, con sus cabezas gachas, siempre mirando al suelo, y los pájaros a ciertas horas resultan ser murciélagos, y nada es lo que parece.

15.5.05

V. pienso en V. mientras miro al techo. Últimamente los días son V, como cuando solo deseas comer una cosa; y cuando piensas en un sabor, en un olor, tan sólo te viene a la cabeza eso que deseas… Pienso en V, y también pienso en lo que tengo y en aquello que podría no tener. No tengo tantas cosas, al menos tantas cosas imprescindibles; un par de libros o tres, un pato de peluche con bufanda, una muñeca desnuda, tres pinceles (uno finito y dos especiales para caligrafía japonesa), un cascabel y un imperdible.
Siempre pierdo los imperdibles. Los he tenido de todos los tamaños, desde los mas chiquitos, esos dorados que te dan en los costureros de los hoteles y que no sirven ni para prender un papel de fumar, hasta uno azul gigante que me servía de columpio, todos los perdí, y aún tengo unos cuantos que perder. Quizás sea una señal. No debo ser buena reteniendo cosas, no debo ser buena guardando para el futuro. V. se irá, pero él parece que no se pierde, solo corre.
Los cascabeles también son importantes, me ayudan a escucharme cuando se me olvida que aún sigo aquí; siempre son de ayuda; si me vuelvo invisible al menos su tintineo sirve de referencia, como un faro en la niebla, evitando derivas. Si me olvido de que sigo en movimiento ellos vienen a sacarme de la duda, como una referencia, casi como una brújula, aunque ese es otro tema, nunca me entendí con las brújulas, mis puntos cardinales nunca coinciden, tiendo a los cruces y a desorientarme con facilidad, a veces descubro que miro al sur, y siempre siempre, me parece el norte…