5.3.05

Bajo por el camino de baldosas movedizas, huele a agua, a tierra mojada. Y yo sobre el suelo que tiembla, haciendo equilibrios sobre una montaña de palabras.
Él dice que tengo ojos de alfiler, mirada punzante. Él dice que no sabe olvidarme. Él dice que tiene sed. Y yo sonrío por inercia.
Bajo, y a un costado, aquel lugar donde comenzó a morir el bebé que nunca nació de mi vientre, aquellos rosales del día de mi cumpleaños, aquellos besos en el filo de la vereda del parque. A un costado todo lo que has olvidado.
Él dice que mi sonrisa emborracha. Él repite su sed en mis oídos. No sonrío.
Estoy de recolecta. Recojo los pedacitos olvidados, los restos de nosotros que quedaron prendidos en las hojas de los árboles y en las farolas.
Él dice, y yo no quiero escucharle. Palabras.
Miro al cielo. Hay tres aviones rasgando la superficie azulada, como arañazos, como hojas de cuchillo.
Él me mira y escupe los restos de su sed sobre mi pelo. Después se queda en silencio, apretando nudos con su mirada. Y yo me pregunto qué estarás mirando ahora, en este preciso momento en que no me miras.
Él dibuja serpientes que se deslizan dentro de mi cabeza. Yo siento frío, el frío de después de la soledad, ese que abre la puerta del vacío, ese que no se va con nada.
Él dice que tengo labios de flor, de algodón de azúcar. Yo me pregunto cómo me verás, durante cuánto tiempo, a qué distancia.
Él tiene hambre y yo tiemblo.
Él dice fuego. Yo quiero soñar y encontrar mi casa.
Destiempo y confusión.
El mar ha abierto una brecha entre los dos que no sé como se cierra. El mar ha abierto una rendija por la que entra frío, ha levantado un muro que me separa del mundo.
Él acaricia mi mano. Enciendo un cigarro y saco las llaves. Adentro gana el silencio.
Hoy necesito tu palabra justa. Pienso en ti sin sonreír, quisiera saber qué ves cuando amanece, quisiera recordar cómo eras cuando no te miraba. Quisiera haberte olvidado.

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