30.12.04

No puedo hablarte, no puedo alcanzarte. Por más que te necesite, por más que mis manos se llenen de caricias, por más agua de mar; no puedo hacer nada más que esperar a que raciones los segundos disponibles, a que salgas de la sombra. No puedo decirte hola, ni buenos días, no puedo contarte las horas lentas de la noche sentada sobre interrogantes.
Aunque sienta urgencia no puedo enseñarte mi vestido roto, mi boca cosida, las mariposas de mis dedos.
Por más que te necesite, solo me queda el silencio y tu hueco del otro lado de las horas. Estás ahí, en algún lugar, detrás de alguna sombra, fuera de mi alcance, de mi voz.
Mientras me derramo y me licuo. Las caricias se me hacen añicos contra el suelo, los besos se me cristalizan en los labios, el calor se me vuelve frío, el silencio se me vuelve aguja en los oídos, y la cama es un cementerio.
Miro tus fotos y no te reconozco en ellas. ¿Cómo serás en este preciso momento? ¿En qué exacto lugar andarán tus pies? ¿Dónde habrás guardado mi nombre? ¿Lo volverás a utilizar?
Quisiera que, por un momento, me pintaras en tus sueños igual que pintabas mi piel con tu lengua. Se lo grito a tu foto, te lo grito a ti que me miras con ojos vacíos desde el otro lado de este papel muerto. Nada que se parezca a tu mirada abierta, a tu sonrisa de niño malo.
Y la madrugada no tiene alma. Otra noche vacía al otro lado de la cama. Y la madrugada no tiene compasión llenando de vacíos cada espacio en blanco.
Y mientras yo en medio de esta guerra de silencios, de huecos, de distancias, de fotos ausentes, de nadas grises.
Tus fotos no hacen que me sienta como si alguien me quisiera. Tus fotos hacen que me sienta como si alguien me olvidara.

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