19.10.03

He pisado mi sombra

Las horas han pasado despacio, como si esta noche no tuvieran prisa por ver el sol; las he visto pasar, sentada en mi sillón, con los pies descalzos y el pelo suelto. Me hacía compañía el humo del insomnio, ese que dibujo poquito a poco con cigarros encendidos, brillantes como teas en la oscuridad de la casa.

Estaba fija en mi sombra que danzaba dejándose llevar por el hipnótico ritmo que marcaban las llamas de las velas; mi sombra brincaba alegre, ajena a esta pesadilla de no dormir. Justo cuando comenzaba a contonearse quise acercarme a la ventana, y no pude evitarlo, la pisé. Fue una sensación extraña, hacía tiempo que no pisaba mi sombra y creo que ella se asustó. Y es que cada día mis pies están mas cerca de ella; desde que no vuelo mi sombra y yo nos acercamos mas y más.

Y fue mi sombra la que me preguntó los motivos, quizás molesta por el pisotón.

Cuesta trabajo volar. Ahora llevo mas carga en los bolsillos y en el alma. No es que sean grandes cosas, pero sí una suma de unas cuantas cosas chiquitas.
Tengo, como ya te he contado, el humo de las horas despierta; ese que pretende llenar de dibujos, como quien hace sombras chinescas, las horas que robaba al reloj cuando dormías a mi lado, esas horas que se evaporaban con el calor de tu respiración junto a la mía, las mismas que se deslizaban por el hueco que se producía entre tus ojos cerrados y los míos que te miraban dormir.
Tengo el peso de miles de besos. No son cualquier beso al azar, son exactamente los mil besos que definían la extensión de tu cuerpo bajo mi boca; mil besos lentos, cálidos y húmedos. Mil besos cada día. Y eso sin contar los besos de buenos días o los besos despistados entre horas, esos a veces consigo ahogarlos en mi taza de café.
Tengo palabras importantes y triviales, frases hechas y oraciones cotidianas, esas con las que te decía “te amo”. Un “abrígate”, “no olvides tus llaves”, “hace buen día” o “se está haciendo de noche”... No sabes como lastran cuando se dicen vacías de contenido.
Tengo caricias pegadas a las palmas de las manos, en la punta de los dedos, que ni con la fuerza de las olas he logrado que se fueran. A veces alguna se me cae al suelo y se hace añicos, pero casi es peor, las esquirlas se quedan clavadas en el corazón y duele.
Y así tantas cosas pequeñas... como el café solo, el silencio que producen tus nudillos al no tocar a mi puerta, los perros ladrando, los charcos estallando bajo mis botas. Cosas tontas que tiran de mí y acortan la distancia entre yo y mi sombra, como si la gravedad fuese la ley física más cierta. Precisamente la gravedad... la de veces que nos habremos reído de ella...

Las horas han pasado despacio esta noche, y yo no quería pensar en ti, pero creo que las pequeñas cosas me han poseído, y me han introducido en sus sueños hasta pisar el camino que llega directo a tu recuerdo.

No quería pensar en ti, pero después de todo he querido contártelo; aunque tu no vayas a saberlo nunca, y tus horas corran alejándose de las mías, sobrevolando tu sombra.

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