19.9.03

Sombra

Aquí me tienes, sentada en el columpio, tratando de tener la sensación de que puedo volar; pongo las puntas de los pies en el suelo y me doy impulso, el resto es pura inercia, igual que estos últimos días en el punto de mira de tu ira. Inercia, dejándome llevar por el impulso de las horas que marcan si tengo que caminar, comer, dormir.
Estoy un poco asustada debo confesarlo, te siento situado en la trastienda de un fusil cargado de munición, intuyo tu presencia, pero cuando miro no eres tú, no puedes ser tú; ese reflejo no se parece ni a tu sombra.
Es algo extraño ser una niña perdida, extraño y confuso. Intento apretar los puños, pero se volvieron de mantequilla y la fuerza se me escapa entre los dedos como si quisiera retener un puñadito de arena de playa.
Hay una sombra en mi casa que habla igual que tu; me llena de barro las palabras, hasta el nombre me ha pintado de alquitrán; le entretiene enviarme dibujos de niños asesinados y muñecas sin ojos, se divierte contando historias llenas de mentiras que intenta que me crea; y por las noches, cuando trato de dormir, suelta gritos y carcajadas hasta que me acorrala en una esquina del sillón y me hace llorar; solo entonces se queda en silencio, mirando mis lágrimas mientras come palomitas.
No es que esté triste, es que parece que no estoy. Hasta mis botas de salir corriendo no funcionan, creo que se han llenado de agua; y hoy al abrir el armario, descubrí mi vestido de primavera todo ametrallado, en el suelo, hecho un ovillo junto a un charco de pétalos secos.
Y quiero evitarlo a toda costa, aunque presiento cómo el desastre se acerca de puntillas, puedo sentir el olor a miedo, a dolor. Todo me resulta ajeno y cada sentimiento se me va congelando poco a poco; cada vez que soplas tu aliento en mi nuca algo en mi interior se quiebra de puro frío.
Así que aquí me tienes, sentada en el columpio y asustada.
Sólo déjame cerrar los ojos y contar hasta diez, y que al abrirlos todo haya sido una mentira, y yo nunca haya sabido de tu nombre, y tú nunca hayas escuchado la palabra que me nombra. No sigas disparando, tus balas no me matan, tus balas me resquebrajan, igual que el paso del tiempo va deshaciendo las paredes de un edificio en ruinas.

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