5.8.03

Tristeza

La conocí hace un año, se llamaba tristeza. Su belleza era extraña, de estrella de cine mudo, con unos ojos profundos como dos agujeros negros. No lloraba ni reía, fabricaba silencios ensordecedores y tejía noches de luto.
Padecía insomnio, se mordía las uñas, peinaba arena de playa con la mirada y cubría su piel blanca de papel de seda porque le tenía alergia al sol.
Se llamaba tristeza y no recordaba quién le había puesto ese nombre, anclada en el recuerdo de aquello que nunca sucedió.
Un día me mostró su bolso, en él guardaba el resumen de sus días destrozados, una o dos direcciones a las que un día envió una carta, y a las cuales se sentía incapaz de acudir; la foto de un amigo desaparecido entre las brumas de un mar de dudas, una cajita de odio y de preguntas sin respuesta, el cordón umbilical de un bebe asesino, un saxofón sin boquilla, un manto hecho de fiebre y dos nombres de hombre que pronunciados deprisa sonaban como la palabra dolor.
A veces me visita. Sigue coleccionando jirones y causas perdidas. Sus últimas adquisiciones fueron un paraguas sin lluvia y una revolución olvidada.
Trato de no mirarla a los ojos. Me asusta llegar a comprenderla y que se quede a cenar.



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